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Tomándose en serio la independencia judicial: Chevesich, Cerda y el Senado

Por Felipe Paredes Paredes

Hay en la independencia judicial algo más valioso que el cálculo político circunstancial de sumar un voto más al bando de derecha o de izquierda. Lo que en realidad está en juego, es la existencia de una condición institucional de la democracia que ha demostrado su valor a lo largo de la historia.

En un Estado de Derecho existe un principio básico sobre cómo los jueces deben fallar los asuntos sometidos a su decisión. Al respecto, es requisito esencial que éstos deben estar en condiciones de repeler cualquier intromisión de otros poderes del Estado en el ejercicio de su función. Esto es lo que jurídicamente se conoce con el nombre de principio de independencia judicial.

La crítica, que ha surgido desde la oposición a la nominación de Gloria Chevesich para integrar la Corte Suprema, ha revivido el fantasma del rechazo infundado en el Senado a Carlos Cerda en el año 2006. En este sentido, cabe preguntarnos, si un magistrado que goza del reconocimiento del medio y que cuenta con un destacado expediente profesional, merece ser vetado en la Cámara Alta a causa de que sus fallos hayan molestado a un sector de las fuerzas políticas.

La cuestión no es baladí, pues si nuestros jueces, además de fundar sus resoluciones de acuerdo a derecho, comienzan a preocuparse de no molestar a las autoridades de turno, la independencia judicial se verá fuertemente menoscabada y con ello también una serie de otros principios, como por ejemplo, el de probidad y responsabilidad en el ejercicio de la función pública. Nadie ha dicho que no exista un ámbito en que se intersecten la política y el derecho, pero la cuestión es que, mientras las decisiones judiciales sean fundadas en argumentos que la comunidad jurídica considere razonables, la verdad es que no hay mucho que reprochar a los jueces.

Hay en la independencia judicial algo más valioso que el cálculo político circunstancial de sumar un voto más al bando de derecha o de izquierda. Lo que en realidad está en juego, es la existencia de una condición institucional de la democracia que ha demostrado su valor a lo largo de la historia, razón suficiente para preferir a jueces independientes, que a jueces congraciados con quienes tengan el poder de impedir su ascenso profesional.

Publicado: 2013-06-20
Felipe Paredes Paredes
Profesor de Derecho Constitucional