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Los millonarios insertos de Bernardo Fontaine; o los que tienen más, gritan más fuerte

Por Fernando Muñoz León

Que un millonario financie insertos en periódicos contra la Reforma Tributaria es un acto violento de multiplicación, a través del dinero, de la voluntad y la voz de un sólo individuo

El año pasado, un grupo de profesores de derecho decidimos llamar a marcar AC (esto es, "Asamblea Constituyente") en la papeleta de las elecciones presidenciales, a fin de reivindicar la legalidad y la conveniencia de dicha forma de acción política. Esto supuso varios desafíos. Primero, ponernos de acuerdo sobre qué decir; a través de un proceso de discusión, llegamos a concordar en un texto que satisfacía a todos. Segundo, ponernos de acuerdo sobre dónde decirlo; surgió un consenso de que esto merecía, más que una carta o columna en algún medio, un inserto en un diario de circulación nacional. Tercero, dado que habíamos tomado esa decisión, debimos enfrentarnos a la recaudación de dinero; hicimos una colecta entre todos, logramos que alguien negociara en nuestro nombre una rebaja en el precio del inserto. Por último, debido a la conjunción de todos estos objetivos, llegamos a la conclusión de que debíamos alcanzar un número de firmantes (y de financistas) inusitadamente alto: a través de nuestras redes personales llegamos a convocar a más de cien profesores de prácticamente todas las facultades de derecho del país (salvo, curiosamente, de la Universidad Católica).

 

El resultado fue que logramos publicar nuestro inserto, en un proceso de persuasión y organización colectiva que encarnó el mensaje mismo que queríamos transmitir. Esto tiene un valor cuando se trata de asuntos específicamente políticos. Como observa Hannah Arendt, la política es una dimensión de la vida humana que existe en el plano de la acción colectiva coordinada y reflexiva. Desde esta perspectiva, no todo es política. La violencia, que ella define como la multiplicación de la potencia individual a través de instrumentos y otras tecnologías, no es política en un sentido arendtiano. Lo que la violencia puede hacer es motivar acciones propiamente políticas. El golpe militar es un acto de violencia, que desencadena acciones arendtianamente políticas en la élite civil, que se organiza para empujar adelante un proyecto de refundación neoliberal. Pero el golpe mismo, en un sentido arendtiano, no es política: es pura violencia, es multiplicación instrumental, a través de las armas, de la fuerza de unos pocos individuos que, tal como Adolf Eichmann, no deliberan.

 

Bernardo Fontaine Talavera, director de varias empresas cuyo perfil profesional figura en el sitio web de Forbes, ha publicado tres insertos contra la Reforma Tributaria que constituyen un fascinante contraste con la iniciativa que los profesores de derecho llevamos a cabo, y, en consecuencia, con el concepto arendtiano de política. Allí donde nosotros debimos reflexionar sobre un texto que nos satisficiese a todos y convencer a nuevas personas de sumarse a un texto ya existente, Fontaine decidió recortar frases de economistas y publicarlas sin haberles consultado su opinión. Y allí donde nosotros debimos coordinarnos para alcanzar una suma de dinero que excedía poco más de un millón de pesos, Fontaine pareciera haber desembolsado sin problemas 44 millones de pesos. Si lo que nosotros hicimos fue un acto arendtianamente político de deliberación y coordinación colectiva, lo que Fontaine hizo fue un acto aredntianamente violento de multiplicación, a través del dinero, de la voluntad y la voz de un sólo individuo.

 

Por ello resulta tan paradojal que Fontaine afirme que quiere ser "la voz de los que no tienen voz". Los que no tienen voz no están preocupados por la eliminación del Fondo de Utilidades Tributarias, ni tampoco por la renta atribuible; tales sujetos tienen muchos voceros, incluyendo la UDI, El Mercurio, diversas organizaciones gremiales y centros de estudios, y varios dentro de la propia Nueva Mayoría. Los que no tienen voz son aquellos que deben recurrir a la protesta para luchar por su derecho a recibir una educación que les permita desarrollar sus capacidades; son aquellos que deben ocupar carreteras para exigir atención por parte de las autoridades; son aquellos que están dispuestos a quemarse vivos por las malas condiciones de trabajo y la indefensión en que se encuentran. No creo que Fontaine, el director de empresas, esté hablando en nombre de aquellos. Más bien creo que está hablando en nombre de su cartera de clientes empresariales, y sobre todo, en nombre propio.

 

Si la metáfora con la que visualizamos la política es la de una conversación, lo que los millonarios hacen es tomar parte en ella con un megáfono. Y el efecto del megáfono es precisamente el contrario al señalado por Fontaine: es acallar las voces de los demás. En esta materia, el signo de los tiempos neoliberales en los que vivimos es que parece razonable que quien paga más pueda hablar más fuerte. Fontaine pudo pagar tres insertos multimillonarios, entonces tiene derecho a hablar, aunque lo que diga distorsione la opinión de otros y les haga decir cosas que no necesariamente han querido decir. Esto significa que, en una distribución neoliberal de los turnos de hablar, no todos tienen derecho a igual consideración y respeto: tal derecho se compra, y se obtiene tan sólo aquello por lo cual hemos pagado. El neoliberalismo genera mucho dinero para algunos, pero su bancarrota moral es innegable.

Publicado: 2014-07-08
Fernando Muñoz León
Profesor de Derecho Constitucional