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¿Qué es el populismo?

Por Pablo Marshall Barberán

En tiempos en que desde la izquierda y desde la derecha de nuestro país se acusan mutuamente de populistas, y en que tras el triunfo del Brexit en el Reino Unido y de Trump en las últimas elecciones de los Estados Unidos, el populismo parece ser más que una cuestión que se situé en los margines del sistema político.

En tiempos en que desde la izquierda y desde la derecha de nuestro país se acusan mutuamente de populistas, y en que tras el triunfo del Brexit en el Reino Unido y de Trump en las últimas elecciones de los Estados Unidos, el populismo parece ser más que una cuestión que se situé en los margines del sistema político, sino que parece haber llegado para ocupar un lugar central en la política democrática de nuestros tiempos, puede ser interesante preguntarse la más simple de las preguntas: ¿Qué es el populismo?

 

Lo primero que debe sostenerse es que no es un concepto sobre el que haya ninguna clase de acuerdo, lo que en realidad no es sorprendente, dado que al igual que todos los conceptos políticos, se trata de un concepto esencialmente controvertido. Por ejemplo, se usa, especialmente viniendo desde la derecha para acusar de populismo a las políticas perseguidas por los gobiernos de izquierda, para denominar cierta forma de irresponsabilidad fiscal. Desde la otra vereda, se usa, viniendo desde la izquierda hacía la política de derecha, para identificar las teorías conspirativas apelan a la frustración y el enojo de la ciudadanía con las instituciones democráticas, comúnmente apuntando como el chivo expiatorio de los problemas sociales a las minorías segregadas y desaventajadas.

 

La lista de usos del término podría seguir infatigable, vinculando el populismo a la explotación del resentimiento social, la demagogia, la mentira, el desencanto de ciertos grupos socioeconómicos, etc. Mi propósito en esta columna es, sin embargo, otro. Me propongo presentar el concepto teórico de populismo que recientemente ha sido presentado por el discípulo de Habermas y profesor de la Universidad de Princeton, Jan-Werner Müller (What is Populism? University of Pennsylvania Press, 2016). Sobre la base de su propuesta, que uno puede por supuesto no compartir, especialmente cuando el populismo ha sido vinculado a una política contestaría del régimen neoliberal que pretende ampliar la base democrática de nuestra sociedad, puede identificarse algo más profundo en el populismo que una mera repetición de ejemplos, más o menos claros, de lo que este fenómeno político significa. Su esfuerzo es valorable en ese sentido.

 

Lo primero que sobresale de la propuesta de Müller es que no considera al populismo como una ideología, como lo sería el socialismo o el liberalismo, sino que es, en sus palabras, una forma de imaginar la actividad política que tiene como principal elemento su moralización. El populismo no está en contra de la forma de la democracia representativa, sino que ésta es su hábitat natural. La forma de representación legitima en la imaginación populista es, sin embargo, totalmente opuesta a la que tradicionalmente pensada desde la democracia liberal. El populista reclama una relación directa con el pueblo, en la que ni los partidos políticos ni la sociedad civil son necesarios. Las elites, y en definitiva, las instituciones se hacen superfluas para la constitución de la relación representativa.

 

El populismo se caracteriza, conforme a Müller, por dos rasgos distintivos. En primer lugar, como se mencionara, se asocia a una actitud crítica de las elites políticas. Las elites son el enemigo del pueblo porque son corruptas y moralmente inferiores. Sin embargo, no todas las críticas anti-elitistas son populistas. Mientras cierta crítica anti-elitista demanda la inclusión en el disfrute de los beneficios de la cooperación social y el reconocimiento de los actualmente excluidos dentro del grupo de aquellos que cuentan como libres e iguales, el populismo no presenta una demanda por inclusión, sino que una demanda para la exclusión de las elites y de todos los que están relacionados con ellas.

 

En segundo lugar, el populismo tiene una actitud crítica contra el pluralismo político. El populista tiende a sostener que sólo él representa al pueblo, que el pueblo admite cierta identidad abstracta que puede ser caracterizado por cierto ethos moral, y que la forma en que el pueblo es representado no es por medio de la autorización (elecciones y responsabilidad) empírica sino mediante la representación simbólica de este mencionado ethos moral. En contraste, cualquiera que se encuentre en su oposición forma parte o está asociado con la elite corrupta e inmoral, y por tanto ajeno al ethos moral del pueblo. Es, por tanto, una forma excluyente de política, en la que, por un lado, se representa a todo el pueblo sin considerar la legitimidad de las diferentes partes o grupos dentro de este, y, por otro lado, esto se hace principalmente mediante la exclusión de quienes no forman parte del ethos moral del pueblo, asociándolos a la elite corrupta e inmoral. No existe, a los ojos del populismo, algo así como una oposición legitima y, por cierto, no existen diversos intereses e identidades dentro del conjunto de individuos que conforman el pueblo.

 

Estos rasgos, anti-elitismo y anti-pluralismo marcan un perfil del pensamiento y de la acción populista. Bajo este concepto teórico, por ejemplo, Bernie Sanders no sería un populista pese a su discurso anti-elite, a diferencia de Donald Trump, en el que concurrirían las dos características. Este concepto podría servir para iniciar una discusión crítica sobre la idea de populismo y de las ideas populistas en Chile, y quizás para tomarse en serio el riesgo que éste significa para la política democrática y no banalizar el peligro del populismo.

Publicado: 2016-12-21
Pablo Marshall Barberán
Profesor de Derecho Constitucional