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Obama Osama

Por Fernando Muñoz León

“And finally, last week, I determined that we had enough intelligence to take action, and authorized an operation to get Osama bin Laden and bring him to justice”. Así describe el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, el último paso en la larga persecución del Enemigo Público Nº 1, Osama bin Laden. Las palabras de Obama, inadvertidamente, nos revelan el predicamento jurídico-político de la sociedad global contemporánea: la disolución de la legalidad a manos de la excepción.

El lenguaje empleado por el Presidente Obama pareciera no dejar dudas sobre el tipo de conflicto que existía entre su nación y bin Laden, "a terrorist who's responsible for the murder of thousands of innocent men, women, and children", y quien "had openly declared war on the United States". En respuesta a sus acciones, "we went to war against Al-Qaeda to protect our citizens, our friends, and our allies", un esfuerzo sostenido por "the tireless and heroic work of our military and our counterterrorism professionals". En resumen, a partir del ataque a las Torres Gemelas Estados Unidos desató toda su capacidad guerrera contra Al-Qaeda, y la liquidación de su máximo líder se enmarca dentro de dicho esfuerzo, "el antagonismo más intenso y extremo" al decir de Carl Schmitt.

La frase recién transcrita no describe a la guerra, sin embargo, sino a la política, la que Schmitt reconocidamente conceptualiza como la confrontación entre amigos y enemigos; confrontación marcada, en su opinión, por la "siempre presente posibilidad del combate". La alineación entre amigos y enemigos define para Schmitt las fronteras de la unidad política fundamental, y la capacidad de formular dicho agrupamiento le confiere a quien la realiza la condición de guardián de la Constitución. Para Schmitt, quien en consecuencia entendía la defensa de la Constitución como un asunto eminentemente político-bélico, el rol de defensor de la Constitución correspondía al Jefe de Estado; el Presidente del Reich, en el caso de la Constitución de Weimar.

Como saben quienes están familiarizados con la discusión constitucional alemana de entreguerras, la propuesta de Schmitt rivaliza con la de Hans Kelsen, quien postulaba que la defensa de la Constitución era una labor eminentemente jurisdiccional. Por esto, para Kelsen el auténtico guardián de la Constitución era el Tribunal Constitucional alemán. La disputa de Kelsen con Schmitt es reflejo de una divergencia conceptual más profunda sobre la naturaleza del derecho mismo, el cual Kelsen concibe como ‘norma' y Schmitt como ‘decisión'.

La ejecución de Osama representa el triunfo de las ideas de Schmitt, así como la disolución de la legalidad internacional a manos del estado de excepción global. En otros términos: la crisis de la seguridad global gatillada por el 11 de Septiembre permitió que el derecho internacional haya pasado de ser un conjunto de normas establecidas por las naciones miembros de la comunidad global a transformarse en un reino de discrecionalidad política cuya hermenéutica está confiada al Presidente y Commander in Chief de los Estados Unidos. Cierto es que en esto, el actual Presidente de los Estados Unidos se limitó a seguir los pasos de su antecesor; quien mediante su doctrina de la guerra preventiva, su decisión de establecer centros de detención y tortura clandestinos, y la defensa de sus equipos jurídicos de la legalidad de dichas medidas, realizó a cabalidad dicha disolución de la legalidad a manos de la excepción. Sin embargo, Obama coronó este proceso al presentar la decisión de ejecutar a Osama como el acto de "bring him down to justice". Esta expresión inglesa no corresponde al verbo castellano ‘ajusticiar'; antes bien, es entendida naturalmente como el acto de ‘llevar a alguien a una corte de justicia'. Que Obama pueda presentar discursivamente la decisión tomada por él y ante él como un acto jurisdiccional refleja que legalidad y excepcionalidad, que normatividad y decisión, que derecho y política han finalmente llegado a ser lo mismo.

A los chilenos, quienes gustamos de vivir adormecidos y satisfechos por nuestros pequeños logros, este predicamento en el que vive la sociedad global nos recuerda dos cosas. La primera de ellas: que recientemente vivimos casi dos décadas en un estado de excepción permanente, el cual moldeó nuestras instituciones públicas y nuestro tejido social a gusto y discreción. La segunda: que, en última instancia, el mismo Estado de Derecho moderno -del cual disfrutamos desde hace dos décadas- es una construcción cuya vigencia depende de la configuración que adquieran en cada momento las fluidas fronteras entre la normalidad y la excepción. Hasta la mañana del 11 de Septiembre de 2001, la sociedad norteamericana era percibida como el hogar y patria de la rule of law. Desde entonces, las mentes jurídicas más brillantes de dicha nación se han empeñado en presentar la Guerra contra el Terror como un acto revestido de legalidad. Si en el país de una de las Cortes Supremas más poderosas la guerra, continuación de la política, ha logrado fagocitar al derecho, ninguno de nosotros está a salvo.

Publicado: 2011-05-05
Fernando Muñoz León
Profesor de Derecho Constitucional