Columnistas

 


La “toma” como fracaso de la racionalidad instrumental

Por Fernando Muñoz León

Desde hace un par de semanas la Universidad Austral ha estado en toma. Esta toma fue decidida por el estamento estudiantil, mediante un mecanismo asambleario, en respuesta a los problemas de la educación superior y las soluciones que a dichos problemas ha planteado el Gobierno. Su continuidad invita a la discusión, ejercicio que abordaré en este espacio distinguiendo entre los fines y los medios de esta intervención en nuestro espacio universitario.

Partiré por señalar mi postura respecto a los fines de la toma. Al respecto, no está de más señalarle al lector que en diversas columnas me he referido a los problemas de la educación superior. Dicho brevemente, creo que la solución de dichos problemas exige un incremento sustantivo en el gasto del Estado en educación superior y una reducción de la libertad de enseñanza expresada en la obligatoriedad de la acreditación en todas las áreas, y estimo que las causas de dichos problemas se encuentran en la concepción del rol del Estado articulada por Jaime Guzmán e implementada durante el Gobierno Militar. He sugerido, en fin, que el problema de la educación superior está profundamente vinculado con la desigualdad característica de nuestra sociedad, la desigualdad socio-económica; tema (la desigualdad) respecto al cual preparo en estos momentos un libro. No me cuento, entonces, entre quienes creen que la acción estudiantil es ideologizada o que está instrumentalizada por la izquierda para desestabilizar al Gobierno. Todas esas acusaciones podrían pesar en mi contra también.

Debo, asimismo, expresar que no me encuentro entre quienes creen que las tomas (sean éstas de fábricas, de edificios públicos como una Intendencia o Ministerio, de edificios particulares como sedes de partidos políticos, o incluso de universidades como la nuestra) constituyan una acción prohibida, un tabú insalvable. Creo, por ejemplo, que la Toma de la Casa Central de la UC de 1967 es uno de los hechos más destacados en la historia universitaria, debido a que desencadenó importantes procesos de democratización y participación interna y externa (los cuales, lamentablemente, fueron borrados tras el Golpe de Estado por la derecha gremialista y anulados con las reformas mercantilistas en materia de educación superior iniciadas en 1981). En el caso de la toma de la Universidad Austral, he participado en actividades de difusión y discusión dentro de ella organizadas por los propios alumnos. Mi problema no es con las tomas en sí, en resumen.

Estas precisiones me permiten pasar a discutir la toma en cuanto medio conducente a un fin. En este plano, y teniendo presente que comparto los fines de la acción estudiantil, no puedo calificar la toma actual de la Universidad Austral sino como un fracaso. Dicho en términos conceptualmente más precisos, como un fracaso de la acción colectiva desde la perspectiva de su racionalidad instrumental.

Max Weber, en su monumental obra Economía y Sociedad, distingue cuatro tipos de acción social: la acción conforme a valores, la acción conforme a emociones, la acción conforme a la tradición, y la acción instrumentalmente racional. Como lo evidencian estas denominaciones, lo que caracteriza a este último tipo de acción es que en ella el comportamiento de los actores sociales no está dictado por sus valores, su afectividad, o sus tradiciones, sino por la capacidad de dichos actores de establecer metas y de modelar su conducta de tal manera que conduzca hacia la consecución de dichos propósitos. La racionalidad instrumental, entonces, elabora juicios de adecuación entre medios y fines. Al actuar de manera instrumentalmente racional, los grupos sociales formulan la siguiente pregunta: ¿en qué medida tal o cual decisión nos encamina hacia el logro de nuestros objetivos?

Es esta última pregunta la que pareciera no haber gobernado la decisión de ocupar las instalaciones de la Universidad Austral. Pues, ¿en qué manera puede dicha toma conducir a solucionar el problema de la educación superior a nivel nacional? La respuesta es muy simple: ninguna. No depende de las autoridades de la Universidad Austral (quienes de hecho parecen simpatizar y coincidir con los fines del movimiento estudiantil) poner atajo a los problemas en cuestión. La Toma de la Casa Central de la UC precisamente pone en su contexto el problema, ya que en aquel caso la petición del estudiantado era interna y consistía en lograr la reorganización del gobierno universitario, la democratización de los procesos de admisión, y la reforma de los planes y programas de la universidad. La Toma de la UC produjo la renuncia del Rector y el nombramiento como su sucesor del primer laico en la historia de dicha institución, el arquitecto Fernando Castillo Velasco. Pregúntese el lector, ¿qué puede conseguir la toma de la Universidad Austral, salvo la recandelarización de las evaluaciones del primer semestre, y el surgimiento de fricciones o incluso de divisiones al interior del estudiantado y entre éste y otros sectores de la comunidad universitaria?

Si es que el propósito o fin de la toma de la Universidad Austral es presionar a las autoridades nacionales, ella es un fracaso. Esto, pues la toma no presiona en nada  a las autoridades que podrían participar de la solución a los problemas de la educación superior: es decir, al Ejecutivo y al Congreso. Más serviría que los estudiantes se tomaran la Intendencia, la Secretaría Regional Ministerial de Educación, las oficinas de los parlamentarios locales, y desde luego las oficinas centrales de cada uno de dichos organismos, incluyendo el Palacio de la Moneda y el Congreso. Que nada de ello haya ocurrido nos sugiere que o bien el movimiento estudiantil es pusilánime comparado con el que le precediera en los 80', época en que los dirigentes se jugaban la vida, o bien que carece de capacidad organizativa, lo cual como sabrán los estudiantes de economía y otros observadores de la acción social  nos permite predecir que el movimiento no logrará conseguir sus objetivos. Otro tanto podría ser dicho sobre el propósito de sensibilizar a la opinión pública, que no pareciera valorar mayormente las tomas en general (tenga presente el lector que el Chile en el que vivimos es fundamentalmente individualista y temeroso del conflicto).

El problema es que la toma pareciera haber sido dictada por la afectividad ("me llena el corazón expresar mi respaldo de la educación pública"), los valores ("estoy a favor de la toma porque así lo exige la educación") o incluso la tradición ("el movimiento estudiantil siempre se ha expresado mediante la toma"), pero no por la racionalidad instrumental ("¿me ayudará la toma a solucionar los problemas de la educación superior?"). Y esta carencia es particularmente perjudicial para un movimiento que aspire a cambiar no sólo la estructura de sus ventajas y privilegios sino el orden social todo, tarea que exige mucha inteligencia y sagacidad. También es un fracaso que un movimiento que luche por los valores de la Ilustración, esto es por la primacía del interés público por sobre los privilegios particulares y de la razón laica por sobre el sectarismo y la superstición, guíe su comportamiento por emociones y tradiciones en lugar de hacerlo por la satisfacción instrumentalmente racional de sus valores.

Hace 110 años, Lenin discutía en su escrito ¿Qué Hacer? con quienes postulaban una comprensión sindical, no política del socialismo por su tendencia a favorecer la espontaneidad de las masas por sobre la organización consciente de su movimiento. Escribía Lenin en aquel entonces que "parece que hasta ahora nadie había puesto aún en duda que la fuerza del movimiento contemporáneo consistiese en el despertar de las masas (y, principalmente, del proletariado industrial), y su debilidad, en la falta de conciencia y de espíritu de iniciativa de los dirigentes revolucionarios". Dada la falta de racionalidad instrumental de la toma, otro tanto pareciera poder ser dicho respecto al estudiantado universitario.

Publicado: 2011-07-11
Fernando Muñoz León
Profesor de Derecho Constitucional