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Tomándose en serio la triestamentalidad

Por Fernando Muñoz León

Tomarse en serio la triestamentalidad exige tener claras las diferencias conceptuales que hay entre ella y la democracia. Ambas responden a filosofías distintas: la triestamentalidad, a la representación de grupos; la democracia, a la representación de individuos. Adicionalmente, exige respetar las instituciones que cada estamento se da a sí misma: en el caso del estamento académico, al Consejo Académico.

Uno de los reclamos más intensos surgidos del proceso de discusión intramural que sigue en marcha en la Universidad Austral es la triestamentalidad: es decir, la participación de académicos, funcionarios y estudiantes en la determinación de la posición de nuestra universidad ante la discusión nacional sobre educación y, en el largo plazo, en la conducción universitaria. Mi posición al respecto es clara: me parece importante la participación de toda nuestra comunidad, y no tengo problemas con la formulación de alternativas institucionales que contemplen de manera permanente dicha participación. En otras palabras, estoy a favor de la triestamentalidad.

Ahora bien, el problema con la discusión sobre la triestamentalidad es que se da en un ambiente de poca reflexión sobre lo que ella nos ofrece y lo que exige de nuestra parte. Hay quienes temen, por ejemplo, que la triestamentalidad signifique que las políticas de investigación y extensión de nuestra universidad se fijen de manera electoral, votando en asambleas qué temáticas promover y cuáles rechazar. Este tipo de temores, que me parecen absurdos, parecen sin embargo estar alimentados por la manera en la que ciertos espacios de participación intraestamental se estructuran en la actualidad; así como por la manera en que se acostumbra imaginar que la triestamentalidad funciona.

Triestamentalidad no significa que los miembros de los tres estamentos universitarios se congreguen en una asamblea donde quien quiera votar vote, sin ningún procedimiento establecido para determinar quiénes y cuántos representan a cada estamento. La triestamentalidad tampoco consiste en la institucionalización de espacios de catarsis o de expresión de sentimientos. Para esto están las terapias sicológicas, que cada día ofrecen más y mejores técnicas para entregarle un espacio de sana contención a quienes necesiten ser escuchados.

La triestamentalidad es una fórmula de organización institucional que provee representación orgánica a grupos cuyos intereses, si bien contrapuestos en lo inmediato, confluyen en los objetivos de largo plazo. Está inspirada en el corporativismo de la Edad Media, forma organizativa que durante el siglo XX inspiró instituciones tan contrapuestas entre sí como la Cámara de los Fascios y Corporaciones de Mussolini y los Consejos Económicos y Sociales que asesoran a las Municipalidades. El corporativismo y las fórmulas institucionales que se inspiran en él, incluyendo la triestamentalidad, se distinguen nítidamente de otra importante forma de toma de decisiones: la democracia. La democracia, que nace junto con el liberalismo político durante la Modernidad, está inspirada en la igualdad política y plantea que a cada individuo le corresponde un voto. El corporativismo, y con él la triestamentalidad, plantean que la unidad básica de la comunidad no es el individuo sino los grupos que la componen.

Triestamentalidad no es democracia: es participación institucional de los grupos reconocidos dentro de cierta comunidad. En lo político, de hecho, la Era Moderna se inaugura con el reemplazo de la triestamentalidad por la democracia durante el así llamado Juramento del Juego de Pelota, cuando en 1789 los representantes del Tercer Estado o Estado Llano se retiran de la reunión de los Estados Generales convocados por Luis XVI, se constituyen a sí mismos en Asamblea Nacional, y juran no separarse hasta darle una Constitución a Francia. A partir de ese momento la triestamentalidad muere en Francia para dar paso a la democracia.

Las instituciones universitarias, debido a las funciones que desempeñan, normalmente se organizan de manera triestamental. La nuestra también lo está. Más que pedir triestamentalidad allí donde no la hay, pues en la Universidad Austral ya la hay, debiéramos asumir que la demanda es por perfeccionar los espacios de participación triestamental allí donde no la hay. En la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, como lo reconoció el exitoso proceso de reacreditación que recientemente culminó con la certificación por seis años de nuestra institución, dichos espacios existen. Desde luego, son perfectibles; y creo interpretar el sentir de mis colegas al decir que estamos abiertos a discutir mecanismos para llegar a ello. A simple vista, la institucionalidad universitaria también pareciera contemplar espacios de participación; y si bien es importante que ellos también sean mejorados, pareciera ser que lo más apremiante es que otras facultades establezcan espacios internos para escuchar a sus estudiantes y sus trabajadores.

Por último, y respecto a la institucionalidad universitaria, es muy importante que nos tomemos en serio la representación estamental. Esto significa que la institucionalidad propia de cada estamento debe ser reconocida por los demás estamentos. Así, por ejemplo, el cuerpo representativo del estamento docente es el Consejo Académico: no el sindicato docente. Esto por cuanto la sindicalización, tal como la democracia, es individual; no estamental. El sindicato docente tiene como objetivo representar los intereses de sus asociados, fundamentalmente en los procesos de negociación colectiva, así como defender los derechos emanados de los contratos individuales de trabajo. Todo ello, que consta en su Estatuto, es muy importante para quien como yo crea en la importancia de la sindicalización; pero no tiene nada que ver con la representación de los intereses del estamento académico.

Una consecuencia clara de la falta de representatividad del estamento académico que caracteriza al sindicato docente es que no está organizado de forma tal de dar representación a todas las unidades académicas de la universidad. Sin ir más lejos, los integrantes de los Institutos de Derecho Público y de Derecho Privado y Ciencias  de Derecho, por ejemplo, no estamos representados en el Sindicato. La habría, eventualmente, si decidiéramos sindicalizarnos en masa. Esto deja en claro que la representatividad del sindicato es eventual y contingente; que está dejada a la voluntad individual, en otras palabras. En cambio, la representatividad del Consejo Académico es necesaria: todos los institutos tienen representación corporativa mediante sus respectivos Decanos, así como mediante profesores titulares, asociados, y auxiliares elegidos para tal efecto.

Dicha representación, una vez más, es perfectible, y puede perfectamente ser reformulada para incluir a profesores con una menor vinculación a la Universidad. Pero lo que no puede hacerse, por honradez intelectual, y actuando de buena fe, es pretender reemplazar dicho Consejo Académico establecido por los Estatutos de la Universidad e integrado por representantes de todas las unidades académicas por un sindicato regido por las normas del Código del Trabajo y sujeto a la decisión individual en cuanto a su conformación. Actuar así sería abandonar el reino de la triestamentalidad para pasar al país de Jauja.

Publicado: 2011-08-08
Fernando Muñoz León
Profesor de Derecho Constitucional