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Ley Antidiscriminación y Homofobia

Por Fernando Muñoz León

En esta columna quisiera reflexionar sobre el tratamiento de la diferencia en nuestro imaginario colectivo, a propósito del caso que dio origen a la primera sentencia de la Ley Antidiscriminación, dictada el pasado 5 de diciembre en la Causa Rol Nº 17.314-2012, seguida ante el Tercer Juzgado Civil de Santiago.

Comenzaré por una breve relación de los hechos que dieron origen a este juicio.  El 27 de julio de 2012 la pareja compuesta por Pamela Zapata y Carla de la Fuente concurrieron al Motel Marín 014, conocido establecimiento del rubro, a “pasar una velada romántica” (considerando 1º de la sentencia). Continúa la sentencia señalando que al llegar a dicho recinto “ingresaron al acceso principal y se acercaron a la ventanilla de recepción” y, al entrar, “vieron a otra pareja, heterosexual, que era derivada por un pasillo, indudablemente hacia alguna habitación”. Sin embargo, “cuando son atendidas por la persona de recepción, ésta las conduce a otro despacho aledaño y luego les solicita esperar tras una cortina en el pasillo principal”, “diferencia de trato respecto a la pareja heterosexual ya indicada anteriormente” que les causó extrañeza.

Prosigue la sentencia señalando que “estando paradas en el pasillo, se les acercó un guardia de seguridad, quien les indicó que ya no quedaban habitaciones”, lo que suscitó que la misma pareja heterosexual antes mencionada, “y que aún no ingresaba a la habitación, escuchó esta observación, y sorprendida le comentaron que para ellos si hubo habitación disponible”. En ese momento, indica la sentencia, “ingresó al local una segunda pareja heterosexual preguntando por habitaciones para pasar un instante romántico, y a ellos la recepcionista les señaló que sí había habitaciones y el personal del motel se dispuso a conducirlos a ella”, lo cual causó extrañeza en la primera pareja, que aún seguía en el pasillo, y que “indicó a la recepcionista que las actoras estaban esperando con anterioridad y que por ende era su turno y no el de la pareja que acababa de entrar para hospedarse en una habitación”. Prosigue así la sentencia:

Hacen presente que le pidieron al guardia de seguridad indicara el motivo por el cual no había habitaciones disponibles para ellas y la respuesta que el guardia les entregó fue “por políticas de la empresa no pueden ingresar por ser ustedes”, a lo que una de ellas, Pamela, inquirió directamente: “¿es porque somos lesbianas?”, limitándose el guardia a repetir que la prohibición “era por ser ustedes”, sin profundizar más (…) Comentan que indignadas con lo que a todas luces era una discriminación arbitraria y sin sentido, pidieron hablar con el encargado del local y acceder al libro de reclamos; las dos cosas les fueron negadas, junto con una invitación a dejar el motel, con indicaciones de un lugar donde sí dejaban entrar gente como ellas.

De lo informado por la Sociedad Comercial Marín Limitada en su contestación a la demanda, cabe destacar su afirmación en orden a que “el Hotel se ha esmerado en acondicionar sus instalaciones y servicios para atender de la mejor manera a sus clientes, tanto en la ambientación, diseño, música, muebles y otros detalles pensados y orientados hacia el público heterosexual, lo cual es lícito y amparado por el artículo 2° inciso final de la Ley N° 20.609 y por el artículo19 N° 21 de la Constitución Política de la República que son normas que amparan el derecho de su representada para desarrollar libremente cualquiera actividad económica” (énfasis agregado).

La reacción de Marín Limitada fue, sin embargo, errática; junto a defender su derecho a especializar su servicio de moteles hacia el público heterosexual, la defensa afirmó también que “la administración de su representada, permite el ingreso a parejas del mismo sexo” y que “la administración del Hotel Marín 014 jamás ha dado una orden o impartido una instrucción que prohíba el ingreso a parejas del mismo sexo”. La credibilidad de esta última afirmación, sin embargo, fue socavada por declaraciones de Roberto Mandujano, socio de Marín Limitada y funcionario del motel, quien señaló a la prensa que “tenemos acá un cartel –por política de la empresa– que tenemos otro hotel en la calle Cuevas 715 que se destina para eso (parejas homosexuales)”, expresando que “Hay hoteles específicamente para eso” y agregando que “hay pasajeros habituales nuestros que se han molestado porque han visto entrar a dos señores o dos señoritas” por lo que “los enviamos a otro hotel, incluso lo habilitamos para eso”. Asimismo le señaló a otro medio que no discriminaron a las denunciantes sino que “sólo les propusimos ir a otro lugar”.

Ahora, algunos comentarios. Es revelador que el primer juicio por discriminación se haya verificado en el contexto de un motel de parejas; un espacio que, pese a que en términos de la dicotomía liberal público/privado está inscrito en este último sector, evidencia el carácter excluyente de la interpretación que algunos sectores de nuestra sociedad tiene de esta dicotomía. En efecto, esta interpretación (in)discretamente delata la orientación de los actos sexuales de sus huéspedes cuando ellos no se conforman al paradigma heteronormativo al que suscribe. Así, si bien el motel como institución socio-económica tiene por propósito el ofrecer opacidad –léase intimidad y privacidad– al acto sexual de sus huéspedes, permitiéndoles reconciliar su deseo sexual con la asepsia sexual que caracteriza a nuestra cotidianeidad, en el caso de las parejas homosexuales la expulsión del motel fija de manera indudable la identidad sexual de los sujetos que conforman dicha pareja, sexualizando de manera inescapable su presencia en el espacio público y denegándoles los beneficios de la opacidad.

Con esto, se confirma la antigua observación de la teoría feminista, recogida por la teoría crítica de raza y la teoría queer, que identifica como una constante en la tradición occidental moderna la ‘alterización’ –la identificación de un ‘otro’ que es tal respecto del sujeto tenido por hegemónico en el contexto en cuestión– a través de su corporalización y eventual somatización. Mientras que el sujeto hegemónico es pura razón cartesiana y por lo tanto es genuinamente libre y puede asumir el rol demiúrgico de constituir por sí mismo ‘la norma’, ‘lo normal’, el ‘otro’ en cambio está marcado por su diferencia, que lo define y lo aparta de lo normal, y que habitualmente encuentra un correlato en su corporalidad, corporalidad que puede tomar la forma de femeneidad, negritud, sexualidad desviada, enfermedad evidente, miseria, entre muchas otras formas de alteridad. Al ‘otro’, su diferencia lo determina, lo limita, lo circunscribe; desde la perspectiva hegemónica, le impide acceder a la razón ordenadora y por lo tanto gobernante, lo cual justifica su propia marginalidad y, en última instancia, su desventaja y su vulnerabilidad, que ni siquiera llegan a ser percibidas como tales. No es libre, ni normal, ni ‘medida de todas las cosas’ porque no puede; porque no está en condiciones.

El motel como espacio de exclusión revela la particular corporalidad que experimenta la homosexualidad en el imaginario colectivo chileno, y que encuentra su correlato en las contradicciones del artículo 365 del Código Penal, que hasta el día de hoy mantiene la incoherencia de su antigua versión que, tipificando la ‘sodomía’, castigaba la conducta homosexual masculina y dejaba impune la conducta homosexual femenina. Para tal imaginario, la cópula homosexual pareciera existir en una gradiente marcada por diversos grados de aceptación e intimidad, donde la relación heterosexual encuentra un máximo grado de aceptación y por lo mismo puede gozar del máximo de intimidad, mientras que las relaciones homosexuales se ubican en grados descendientes de aceptación según se trate de relaciones entre mujeres –en cuyo caso las involucradas habrán de buscar refugio en recintos separados–, entre hombres –caso en el cual nuestras leyes ponen a dichos sujetos en la posición de estar probablemente cometiendo un ilícito–, o, peor aún, si uno de los participantes es transgénero, caso en el cual al rechazo social van asociados niveles alarmantes de publicidad –la calle como lugar paradigmático de la realización del acto sexual, ni más ni menos– y vulnerabilidad.

Una reflexión para terminar. ¿Servirá la Ley Antidiscriminación para poner fin a las construcciones sociales que sustentan la exclusión? La sentencia mencionada al principio pareciera ser optimista y voluntarista al respecto; así podemos inferirlo de la afirmación allí formulada, en cuanto “la referencia hecha a los medios de comunicación social por parte del señor Mandujano, de que a algunos ‘pasajeros’ les molestaría la presencia de parejas homosexuales en el motel, de ser efectiva, no es más que el reflejo de las conductas que se busca evitar y erradicar de nuestra sociedad con la dictación de la presente ley” (Considerando 19º). El resultado último de esta iniciativa legal, sin embargo, es todavía incierto. Sólo la decisión con que esta herramienta sea empleada por parte de víctimas, activistas y jueces podrá darle la efectividad que es necesaria para transformar “las conductas que se busca evitar y erradicar de nuestra sociedad”.

Publicado: 2013-01-04
Fernando Muñoz León
Profesor de Derecho Constitucional