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Derecho UACh - yanira zuñiga

Bestia

Columna de opinión publicada en el diario La Tercera, por la profesora de Derechos Fundamentales de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales Dra. Yanira Zúñiga.

 

El cortometraje animado “Bestia”, nominado a los premios Oscar, no solo ha sacado a la luz la figura de Ingrid Olderöck, una siniestra agente de la DINA, ha revelado también uno de los aspectos más opacos del horror de la dictadura: el uso de la violencia sexual como forma de tortura.

Sin duda, desde el retorno a la democracia se han hecho esfuerzos institucionales por construir una memoria colectiva en la que cimentar el mentado “nunca más”. Entre otros, se establecieron comisiones de Verdad y se dictaron leyes con fórmulas de reparación para las víctimas. Pero, la desmemoria ha dominado lo concerniente a la violencia sexual institucional. Así, aunque la “Comisión Valech” no interrogó a las víctimas de tortura sobre esta clase de violencia, de los 3.399 testimonios de mujeres torturadas recolectados por ella, casi todos reconocen haber sufrido estas prácticas. En consecuencia, los casos y la brutalidad de los vejámenes registrados en el respectivo informe corresponden a testimonios espontáneos que son-como el informe lo confiesa- un pálido reflejo de la violencia sexual perpetrada por agentes estatales.

 

Afortunadamente, el velo ha comenzado a descorrerse gracias a los antecedentes aportados durante la última década en investigaciones judiciales. En 2010, la Corporación Humanas (una ONG feminista) empezó a formular acciones judiciales que explicitaban la dimensión de género de la tortura sexual y exigían una reparación adecuada. Con el tiempo, unas pocas sentencias se han hecho eco de este enfoque, contribuyendo a construir verdad y reparación. La minuciosa sentencia, dictada en 2020, por el entonces ministro en visita Mario Carroza sobre las torturas realizadas en el cuartel de la DINA conocido como la “Venda Sexy”, constituye un completo registro de los distintos vejámenes sexuales al que fueron sometidas especialmente las detenidas. En las casi 300 páginas de este fallo, las alusiones al perro adiestrado por Olderöck (“Volodia”) para cometer violaciones sexuales, son tan reiteradas como escalofriantes. Dicha sentencia reconoce (como la Corte de Apelaciones de Santiago en un fallo dictado en enero pasado) que si bien la violencia sexual alcanzó tanto a hombres como a mujeres, en el caso de estas últimas tuvo especificidades de género, relativas a su recurrencia, modalidades y gran impacto psicológico.

 

Reflexionar sobre cómo la desnudez, el contacto corporal forzados y el dolor genitalizado tienen el poder de fragilizar intensamente la identidad, individual y social, de quienes los sufren (de ahí su potencial como arma de castigo y la renuencia de las víctimas a denunciar), es parte de una gran deuda histórica que nos resta aún por saldar. Por eso, además de su valor artístico, “Bestia” tiene un gran valor moral y jurídico: nos insta a construir memoria, prevenir y reparar. Es de esperar que al orgullo nacional por su nominación para un prestigioso galardón se sume también la voluntad colectiva de iniciar dicho proceso.

 

 

Dra. Yanira Zúñiga.

Profesora de Derechos Fundamentales de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales.

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https://www.latercera.com/opinion/noticia/bestia/U53RXGENENFLDA2ZLQCRUW7ASI/

 

 

 

 


 

Constitucionalismo epistémico

Columna de opinión publicada en el diario La Tercera, por la profesora de Derechos Fundamentales de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales Dra. Yanira Zúñiga.

 

La reciente polémica entre la Corte Suprema y la Convención Constitucional es una muestra del delicado equilibrio que la discusión constituyente debe satisfacer: por un lado, respetar y reflejar la voluntad ciudadana, por el otro, fomentar deliberaciones que produzcan plausiblemente soluciones adecuadas.

 

Los procesos constituyentes descansan en principios democráticos tradicionales, como la igualdad política y la libertad de elección. Por eso, la opinión experta o de un órgano constituido no es superior a la de un/a representante o ciudadano/a sino solo uno más de los insumos a ponderar. En otras palabras, la Constitución encarna la soberanía popular y no la soberanía de los expertos (epistocracia) ni de los órganos constituidos. Pero esto no equivale a sostener que la dimensión epistémica, basada en el conocimiento, sea irrelevante. En una era caracterizada por las llamadas posverdades, los procesos constituyentes debieran comprometerse más con el conocimiento y la evidencia.

 

El conocimiento sirve para diagnosticar mejor las causas de la corrosión institucional en momentos de crisis y proveer respuestas adecuadas. Volviendo a la polémica antes citada, varios estudios muestran que, pese a las grandes reformas procesales de las últimas décadas (penal, laboral y de familia), la confianza en la judicatura ha caído a niveles preocupantes. Según la cientista política Lisa Hilbink, estas alertas debieran impulsar una agenda de reformas que trascendiera lo formal y se hiciera cargo de las condicionantes culturales del acceso a la justica. La sensibilización de jueces/as respecto de la realidad social de una ciudadanía heterogénea podría favorecer una reorientación de la cultura y del desempeño judiciales, acercándolos a las necesidades de la población más vulnerable. Desde esta perspectiva, las controvertidas iniciativas constituyentes, enfocadas en el desempeño judicial, no parecen del todo absurdas. No cabe duda de que hay brechas de acceso a la justicia y que la desconfianza en ésta cuando se vuelve crónica puede transformarse (si no lo es ya) en un problema mayor.

 

Pero tener razones para cuestionar el desempeño judicial no implica que todas las soluciones ideadas para mejorarlo (v.g. acortar mandatos o implementar evaluaciones realizadas por comisiones designadas por el Ejecutivo) sean razonables. He aquí el problema y el desafío. Encontrar la solución adecuada. La independencia judicial es, por un lado, clave para controlar el poder y garantizar derechos; y Chile exhibe indicadores muy buenos en la materia. Así, debilitar esta independencia puede ser, a la larga, un muy mal negocio. Pero, por otro lado, parafraseando a los autores de La Ley y la Trampa en América Latina, si la debilidad o fortaleza de una institución se mide a través de la diferencia que ella produce, un Poder Judicial sin ambición, que se concibe a sí mismo preservando simplemente el statu quo corre el riesgo devenir una institución débil.

 

Dra. Yanira Zúñiga.

Profesora de Derechos Fundamentales de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales.

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https://www.latercera.com/opinion/noticia/constitucionalismo-epistemico/NB5YOZALJBGZLCCVFCZV374Q2I/

 

 

 


 

Hablemos de Feminismo

 

La historia de las luchas de las mujeres por sus derechos ha sido una historia silenciada. Sus éxitos y sus fracasos, las enormes y variadas dificultades que han debido enfrentar y las estrategias elaboradas para sortearlas son, en general, desconocidos. Las protagonistas de estas luchas— ideólogas y ejecutoras — habitan ese espacio de la memoria social reservado a las figuras espectrales, esas que sabemos que han tenido una existencia material pero cuyas gestas, gestos, rostros y biografías somos incapaces de evocar. De ahí que el feminismo, ese hilo que ha enhebrado las luchas de distintas generaciones de mujeres en diversos territorios, pese a haberse erigido como el movimiento social más dinámico y expansivo del siglo XX, es relativamente desconocido en lo relativo a sus presupuestos teóricos e implicancias éticas y políticas.

 

Es evidente que para ser feminista no se requiere haber leído alguna de las grandes obras de este pensamiento, ni conocer los significados de las categorías de análisis acuñadas por teóricas feministas contemporáneas (género, patriarcado, interseccionalidad etc.). El feminismo es, ante todo, una práctica política igualitarista, de signo emancipador, que descansa sobre una conciencia colectiva de la experiencia de subalternidad femenina. Tiene, por tanto, una raíz eminentemente vivencial, lo que explica su carácter globalizado e intergeneracional, y su capacidad de transcender clases sociales, pautas culturales y visiones ideológicas.

 

Así, en diversos tiempos y culturas, las mujeres han levantado estrategias de subversión o –como titula un compilado de escritos de Julieta Kirkwood– han tejido rebeldías. Ejemplos de estas rebeldías abundan: las estadounidenses que se reunieron en Seneca Falls (1848) para reclamar ciudadanía, las chilenas que se presentaron a votar, en San Felipe (1875), arguyendo que la Constitución de 1833 garantizaba la igualdad de todas las personas ante la ley; las mexicanas que, en Yucatán, (1916) convocaron dos congresos para reclamar reformas educativas y sociales; las 343 francesas que en un manifiesto público (1971) declararon que habían abortado para impulsar la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo; las iraníes que, desde el 2017, vienen fotografiándose en redes sociales sin velo para reclamar su derecho a decidir portarlo o no; las latinoamericanas que se manifiestan en la calles contra la violencia y/o la restricción de derechos procreativos portando los reconocidos pañuelos feministas, entre muchas otras.

 

Con todo, la teoría feminista que es, ni más ni menos, una teoría explicativa de las causas y expresiones de la subalternidad femenina y de las rebeldías de las mujeres, es muy útil, en cambio, para comprender por qué y para qué las mujeres se movilizan y para fijar los contornos del feminismo.

 

Hace pocas décadas los esfuerzos de divulgación de la vertiente teórica del feminismo estaban concentrados en explicar, concienciar y contrarrestar la caricaturización de las luchas feministas. Como explica Kirkwood, al relatar una reunión para constituir un círculo de mujeres en plena dictadura, ser feminista ha sido, históricamente, un verdadero estigma social que, a menudo, las mujeres intentaban evitar: «nos propusimos buscar en el tiempo si aIrasmujeres se habían hecho la mismas preguntas. Algo sabíamos de las Sufragistas, a las que se había llamado "hienas con faldas", seres "antinatura". Supimos -se nos había enseñado- que en Chile no habría ya másfeminismos, porque había "conciencia social". Experimentamos el miedo a esas "semejanzas" a no ser "femeninas"... a "dividir" las ideologías progreistas o revolucionarias. Cuidadosamente ocultamos nuestro recién inaugurado nombre: Feministas.» (1987:25)

 

No cabe duda de que el feminismo atraviesa en la actualidad su época de oro: está vivo en las calles, en la academia, en las asociaciones gremiales, incluso en las reuniones familiares. Por otro lado, muchas mujeres se identifican públicamente como feministas. Pero, cada tiempo trae sus propios inconvenientes. Hoy proliferan también los seudofeminismos, es decir, discursos sobre las mujeres, de signo conservador, que utilizan la etiqueta “feminismo”(acompañada habitualmente de algún apellido que se encargan de enfatizar) no sólo para travestirse de aquel sino para despojarle su contenido insurreccional. Estos nuevos discursos seudofeministas nos dicen que el “verdadero feminismo” consiste en comportarse como una buena madre, en no aparecer como víctima, en no reclamar derechos o espacios de poder, sino en ganárselos a través del mérito; nos invitan a luchar contra la violencia únicamente a través del autocuidado o la no exposición al riesgo, nos alientan a superar la frustración ante la discriminación o los efectos de la violencia mediante el olvido, la perseverancia y el esfuerzo, y nos instan a replegarnos sobre nosotras mismas porque la praxis colectiva es fuente de alienación y excesos. Así, mientras hoy escasean quienes sostienen que no hay que ser feminista, abundan, en cambio, quienes, servidos de una recientemente inaugurada (y mañosa) taxonomía feminista, intentan alejarnos de sus versiones extremas (“la feminazi”) y nos exhortan a cultivar un feminismo moderado. Inclusive, de más en más, algunos varones nos explican en qué consiste ser una buena feminista, en un ejemplo de manual de mansplaining.

 

Conviene, entonces, preguntarnos en qué consiste el proyecto político feminista. En rigor, el feminismo es un conglomerado variado de propuestas que tienen en común un carácter insurreccional y una crítica antisexista. El feminismo es crítico de los métodos de conocimiento, presupuestos, prácticas y procedimientos, sociales e institucionales, que han naturalizado y normalizado la sujeción de las mujeres a los hombres, estabilizando y justificando una distribución inequitativa de las oportunidades, beneficios, cargas, responsabilidades y riesgos sociales, entre hombres y mujeres; y que han invisibilizado a las mujeres.

 

El concepto de género,acuñado en el último tercio del siglo XX, vino a resumir la tesis feminista sobre la desigualdad entre hombres y mujeres que venía componiéndose desde incluso antes del siglo XVIII y que cristaliza en su forma contemporánea con la obra de Simone de Beauvoir, El Segundo Sexo. Según esta tesis, la realidad social está organizada, dividida y jerarquizada a través de una compleja red de símbolos, doctrinas, prácticas, reglas e instituciones que orbitan alrededor de la diferencia sexual. Los hombres son considerados la norma y, por extensión, su experiencia vital es comprendida como la experiencia universal (lo humano). En contraste, las mujeres somos consideradas las otras,una especie de remedo imperfecto de lo masculino. En consecuencia, el significado de la diferencia sexual no es neutro; es, en rigor, una marca de inferioridad. Por tanto, el drama de las mujeres no es ser diferentesa los hombres, sino ser tratadas como seres inferiores, ser infravaloradas, denigradas, desposeídas de nuestros cuerpos, voluntades, experiencias y voces. La conocida frase de Simone de Beauvoir «no se nace mujer, se llega a serlo» vino a poner de relieve que las mujeres hemos sido socializadas para la sumisión; que el guion de nuestras vidas está escrito por otros y que en él somos, apenas, descritas como actoras secundarias. El rol social de las mujeres es devenir madres, educadoras, compañeras, amantes, cuidadoras de otros. Ahora que en Chile se ha vuelto popular la frase «que la dignidad se haga costumbre», vale la pena caer que recordemos que la dignidad femenina ha sido siempre un horizonte escurridizo porque nunca las mujeres han sido consideradas fines en sí mismas sino, más bien, medios para los fines de otros.

 

Como ya mencioné, el objeto de la teorización feminista es la subalternidad femenina. Según el pensamiento feminista, ninguna mujer logra escapar de la subalternidad derivada de la diferencia sexual porque esta es un eje articulador de las sociedades, y esa subalternidad tiene manifestaciones variadas, las cuales atraviesan todas las capas sociales e impregnan todas las biografías femeninas. Así, la subalternidad se puede manifestar en desempoderamiento, explotación, marginación, discriminación y violencia.

 

Con todo, la experiencia femenina de la subalternidad no es unitaria (puede afectar con mayor o menor intensidad a cada mujer en función de su posición social y sus características personales), no siempre se traduce en una toma de conciencia sobre dicha experiencia, ni mucho menos en un compromiso de acción política para luchar contra ella. De hecho, adquirir conciencia sobre la subordinación femenina no es algo sencillo. Las sociedades fabrican las ideas de lo que son los hombres y las mujeres, de lo que es "propio" de cada sexo, y las transforman en los universos normativos que delimitan las fronteras de lo masculino y de lo femenino. Estas ideas infiltran los imaginarios colectivos e individuales, modulando, desde la infancia,nuestra manera de ver, captar y entender el mundo. Por eso los estereotipos de género son rígidos y tan difíciles de desarraigar; estos forman parte de nuestras creencias más básicas e inconscientes. En parte, esto explica que no todas las mujeres tengan compromisos feministas, y aquellas que los tienen tengan dificultades para ser siempre coherentes.

 

Afortunadamente, la falta de experiencia de la subalternidad femenina no impide que los hombres desarrollen un compromiso feminista. Los hombres pueden experimentar otras experiencias de subalternidad en sus vidas (de clase, etnia y/o orientación sexual, por ejemplo) que les permitan acercarse a la experiencia femenina. Es posible, también, que tomen conciencia de las implicancias que la ordenación de género tiene para ellos al imponerles modelos rígidos de masculinidad. Si bien la experiencia nos permite acceder a un conocimiento más preciso de la realidad que nos ayuda a desentrañar la forma en que las creencias y representaciones sociales de género nos afectan en nuestra vida cotidiana, cuestionar sus efectos y construir estrategias transformadoras ajustadas al contexto, no condiciona absolutamente nuestra capacidad crítica del mundo. Con todo, es altamente probable que los hombres tengan más dificultades para comprender toda la extensión e impacto de la subalternidad de género en la vida de las mujeres, que ellas mismas que las vivencian cotidianamente.

 

Así las cosas, la deferencia con la mirada femenina no es una cuestión de cortesía o condescendencia, sino una cuestión de justicia. Hay razones epistémicas para favorecer el punto de vista femenino y razones éticas para que las mujeres sean protagonistas de las discusiones que le conciernen, dado que todo esto favorece la igualdad y la agencia (autonomía) femenina. Por eso, la paridad en la integración de una eventual convención constitucional es una muy buena noticia para las luchas feministas en Chile y en el mundo. Es de esperar que —como correspondería dada su justificación transversal— la paridad se transforme en un punto de partida y no solo en un punto de llegada de una nueva forma de construir democracia.

 

Yanira Zúñiga Añazco                                                                                                             

Profesora de Derechos Fundamentales  - UACh


 

Por qué la columna de Ricardo Escobar sobre Izkia Siches puede considerarse misógina

La columna que el abogado Ricardo Escobar publicó en La Tercera sobre la presidenta del Colegio Médico, Izkia Siches, titulada “La Política, la Zorra y el Cuervo” generó una ola de críticas que apuntaban a su contenido sexista y/o misógino. En una segunda columna Escobar, en una especie de acto fallido de disculpa pública, arguye que entre quienes lo criticaron “hay un sesgo machista (sic) en la lectura. Uno que busca atribuir un comportamiento, una intención abusiva del hombre a todo lo que se mueve”.

 

Escobar critica que no se haya buscado en sus palabras “otra interpretación más básica, más natural” y afirma que esta falta de caridad interpretativa “hace suponer que además del sesgo lógico, puede haber aprovechamiento de la oportunidad para lograr una agenda. Promover la causa feminista con cada ocasión”.

 

Quiero aprovechar esta polémica para explicar las ideas de sexismo y misoginia. En este marco, ofreceré argumentos para sostener que la interpretación más plausible de los dichos del Escobar es aquella que asume que se trata de un discurso sexista e, inclusive, misógino.

 

Aunque es frecuente que en el lenguaje coloquial sexismo y misoginiase utilicen como sinónimos, es decir, de manera relativamente intercambiable, en varios trabajos de teoría feminista aparecen como conceptos distintos. En una obra publicada recientemente (Down Girl. The Logic of Misogyny, 2018) Kate Manne sostiene que la misoginia es una propiedad de los sistemas o entornos sociales que se manifiesta como hostilidad dirigida a las mujeres que se apartan o desafían las normas patriarcales. Según Manne "la esencia funcional de la misoginia" es la aplicación coercitiva de las normas patriarcales. Por tanto, la misoginia no es una odiosidad indiscriminada hacia cualquier mujer, una aversión colectiva contra todas las mujeres sino una animosidad respecto de aquellas que adoptan conductas que son percibidas como subversivas en relación con las normas patriarcales.

 

El sexismo es (como el racismo) una ideología basada en una justificación del orden de género, que descasa en una supuesta superioridad natural de los hombres en relación con las mujeres. Como tal, el sexismo no requiere hostilidad, aunque eventualmente podría servirse de esta. Puede vehicularse a través de la romantización o idealización de la sumisión de las mujeres, como cuando se dice que el cuidado o el amor de una madre no tienen parangón para justificar que solo las mujeres se encarguen de las tareas domésticas. O mediante las costumbres como, por ejemplo, la diferencia de trato que se les dispensa a las mujeres en relación con los hombres, ellas tratadas mediante diminutivos o nombres propios y ellos mediante su apellido y/o su título (ej. Izkia y Dr. Paris).

 

También se puede expresar a través de los estereotipos, como cuando se asume que la emocionalidad femenina implica pérdida de racionalidad o que los hombres no pueden reprimir sus instintos sexuales. De hecho, la expresión “mansplaining”, acuñada por la escritora Rebecca Solnit para referirse a la conducta de ciertos hombres que explican condescendientemente a mujeres cosas que los primeros asumen que estas últimas no saben (incluyendo situaciones tan risibles como el dolor de un parto, en qué consiste ser mujer, o qué es realmente el feminismo) correspondería también a una manifestación de sexismo.

 

El sexismo se enraíza en lo que Iris Young denomina el imperialismo cultural, es decir, “la universalización de la experiencia y la cultura del grupo dominante”, lo que produce, a su turno, la invisibilización y la degradación simbólica de quienes forman parte del grupo dominado. Por lo mismo, el sexismo no precisa de la hostilidad para imponerse, tampoco de la violencia, al menos no de la violencia tal como la comprendemos habitualmente. En La Dominación Masculinael sociólogo Pierre Bourdieu explica que la posibilidad de que un orden hegemónico se mantenga en el tiempo depende de su capacidad de generar un patrón simbólico-cognitivo (en buenas cuentas, una manera de mirar y comprender el mundo social), que es admitido tanto por el dominador como por el dominado. Esto ocurre a través de lo que el mismo autor califica como la violencia simbólica, es decir, una clase especial de violencia, atenuada, la mayor parte de las veces invisible para las víctimas, en la que se afirma y actualiza la preeminencia universalmente reconocida de lo masculino en las distintas estructuras de la vida social. Ya principios del siglo XX, Virginia Woolf advertía que el engrandecimiento de lo masculino se producía a través de la degradación de lo femenino. En su célebre ensayo, “Un cuarto propio”, ella señala: “hace siglos que las mujeres han servido de espejos dotados de la virtud mágica y deliciosa de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural”.

 

En consecuencia, tanto hombres como mujeres podemos participar de la reproducción de ese patrón cognitivo, consciente o inconscientemente. Desde esta perspectiva, es correcto sostener que muchas mujeres contribuyen al machismo al reproduje ciertos patrones tradicionales de crianza. Pero es importante observar – sobre todo porque la afirmación anterior se realiza comúnmente para culpabilizar a las mujeres de su propia opresión y para justificar esta – que el sexismo, como toda jerarquización social, a la larga favorece a quienes forman parte del grupo dominante, no a quienes se encuentran en posición subalterna, creando privilegios injustos. Esto explica que todos los órdenes sociales de dominación sean difíciles de transformar porque implican que quien ha ejercido históricamente poder social se desprenda voluntariamente de este y de sus ventajas.

 

En suma, tanto sexismo como misoginia buscan estabilizar el orden social de género. Pero, la misoginia, en particular, se caracteriza por un componente de hostilidad que se proyecta sobre quienes desafían los parámetros de la buena feminidad.

 

Conviene aclarar que la hostilidad, propia de la conducta misógina, se puede manifestar explícita o veladamente. Los discursos del actual presidente estadounidense, Donald Trump, ofrecen muchos ejemplos del primer tipo. Al inicio de su campaña electoral Trump arremetió contra una periodista de la cadena FOX que le reprochó hablar de “cerdas gordas” y “perras” para referirse a las mujeres. Estele espetó a la periodistaque ella debía de estar de mal humor porque le salía “sangre de salve sea la parte” (en referencia a su periodo menstrual). Trump también publicó, en medio de la campaña a la Casa Blanca, un tweet sobre su contrincante Hillary Clinton en el que decía de ella: "Qué mujer tan asquerosa". "Si Hillary no puede satisfacer a su esposo (al parecer en referencia al caso Lewinsky), ¿cómo pretende satisfacer a Estados Unidos?”

La hostilidad de la misoginia puede también manifestarse de formas menos explícitas. De hecho, dado el avance de los movimientos sociales de igualdad y su repercusión en el establecimiento deciertas condiciones de debate en la esfera pública contemporánea, no solo la misoginia sino la xenofobia y la homofobia tienden a enmascararse.

 

Esto me lleva a la columna de Escobar. No hay duda de que el lenguaje se interpreta contextualmente. Las y los juristas lo sabemos especialmente. Siendo así, lo primero que llama la atención de la mencionada columna es el uso de dos expresiones que en el lenguaje coloquial de Chile (así como en otros países) se utilizan para proferir insultos: zorra y mona. La expresión “zorra” es usada habitualmente para referirse a la entrepierna de una mujer, a una prostituta o mujer promiscua, a una mujer calculadora, o a una mujer que le ha “robado” el hombre a otra (fuente: diccionario chileno). Mientras que la expresión “mona” a menudo es utilizada como insulto clasista. En este sentido, es importante tener presente que la presidenta del Colegio Médico ha venido sufriendo creciente hostilidad en redes sociales debido a sus orígenes sociales y/o sus rasgos físicos.

 

Y es en medio de todo ese contexto que Escobar pretende convencer a quienes lo han criticado que él no percibió (ni podía hacerlo) que las referidas expresiones en su columna pudieran ser interpretadas de acuerdo con estos usos lingüísticos. Y, en cambio, sostiene que debieron haber sido entendidas como un encadenamiento de razonamientos zoológicos, puramente casual, cuyo objetivo era destacar “la inteligencia y astucia” de la actual presidenta del Colegio Médico y su interés (solapado) de transformarse en candidata de la próxima elección presidencial chilena.

 

La contundente réplica que recibió la columna de Escobar de parte de un numeroso grupo de abogadas (ver “Las zorras”) demuestra que hay buenas razones para interpretar sus dichos en clave misógina. La experiencia de la degradación y de la humillación a través de prácticas discursivas masculinas aparentemente inocentes (como una broma, el uso de un lenguaje sexualizado o la abierta falta de interés por los puntos de vista e ideas femeninas), es parte de la vivencia de ser mujer. Las mujeres que son parte de contextos altamente masculinizados — como ocurre con la profesión jurídica— las experimentan con mayor frecuencia y actualmente tienden a dar mayor reporte de estos hechos. De manera que lo que nos muestra la carta de las abogadas es justamente lo que ha permanecido ignorado: la interpretación de las mujeres sobre esas prácticas.

 

En efecto, uno de los éxitos del movimiento feminista ha sido la concienciación y la denuncia colectiva de la proliferación de la hostilidad solapada contra aquellas mujeres que desafían, reclaman, se empoderan, es decir, subvierten el mandato de género de la pasividad y el silencio. Así, lo que ha cambiado no son las prácticas misóginas sino la interpretación colectiva de ellas. Tales prácticas, dolorosas y estigmatizadoras para muchas mujeres, de más en más, son des-inscritas de las biografías de las afectadas y miradas como un fenómeno social, particularmente presente en ambientes masculinizados y que afecta prevalentemente a las mujeres que desafían el poder social masculino. Ejemplos de lo anterior son la reacción colectiva de rechazo al regalo de una muñeca inflable al Ministro de Economía en una reunión de empresarios, ocurrida en Casa Piedra, en 2016; y la mayor cobertura mediática a los incontables episodios de misoginia sufridos por la expresidenta, Michelle Bachelet.

 

Una estrategia, relativamente exitosa, promovida por el feminismo para apreciar el significado de género de esta clase de prácticas ha sido el ejercicio de la inversión de sujetos. Este consiste en invitar a quienes observan un determinado intercambio comunicativo que involucra a una mujer a hacer la conjetura sobre si un cierto tipo de discurso o trato se habría aplicado de todas maneras si el destinatario de esa interacción social fuera un varón. A menudo, este ejercicio devela un significado hostil que nos cuesta identificar porque se encuentra entretejido en prácticas normalizadas.

 

Por último, dada la creciente popularidad de Izkia Siches y la posibilidad, evocada principalmente por miembros del gobierno y por otras columnas ligadas a entornos conservadores, de que su capital de credibilidad pueda transformarse en plataforma presidencial, pareciera ser que no puede descartarse que la hostilidad que ella viene sufriendo se relacione directamente con su potencial como figura política. Si esto fuera así, sería todavía más preocupante. En América Latina, en especial, se han multiplicado en las últimas décadas las hostilidades, más o menos abiertas, contra liderazgos políticos femeninos al punto de generar incipientes fenómenos de regulación de estas conductas. Así, por ejemplo, la Ley boliviana 243 contra el Acoso y la Violencia Política hacia las Mujeres, de 2012, regula diferentes acciones de presión, hostigamiento y amedrentamiento, hechas de manera directa e indirecta, contra candidatas y mujeres que ocupan cargos políticos con miras a expulsarlas de estos ambientes. Es decir, se trata de verdaderas estrategias, muchas veces concertadas, de evicción de las mujeres de la política formal, las que afectan tanto los derechos de estas mujeres como la calidad de la democracia.

 

Fuente: CIPER – Opinión

 

Yanira Zúñiga Añazco                                                                                                                         

Profesora de Derechos Fundamentales  - UACh

 

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